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Oporto es una ciudad para recorrer con una cámara en la mano, tanto de día como de noche. En cada rincón, cada esquina y cada fachada hay una postal que captar con la máquina.

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Oporto mantiene la esencia tan característica y genuina de esta ciudad del norte de Portugal y segunda población del país luso. Oporto es decadencia y al mismo tiempo vitalidad. Pasear por sus estrechas callejuelas la convierte en una ciudad misteriosa pero también luminosa que ofrece planes que no defraudarán a nadie.

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El contraste entre el frío exterior y el ambiente bullicioso de las cafeterías históricas define el invierno luso. Sentarse con un café "curto" y un pastelito mientras se observa el vaho en los cristales es una estampa que resume la paz de esta estación en el norte de Portugal.

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La vista espectacular de Oporto y Vilanova de Gaia al atardecer de un gélido pero agradable día de invierno desde el mirador de la Victoria.

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Oporto en invierno tiene una mística especial. El granito de sus edificios parece cobrar vida bajo el cielo gris, y el aroma a leña y castañas asadas envuelve las calles empedradas. Visitar esta ciudad en la estación fría no es un error, es un privilegio que permite conocer su faceta más auténtica y melancólica.

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Los miradores de Oporto, como el de la Victoria o el de Santa Catarina, adquieren un matiz nostálgico. Sin las multitudes del verano, es posible encontrar un banco solitario para admirar la ciudad. El aire frío limpia el horizonte, permitiendo ver con claridad hasta la desembocadura del río.

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La Catedral de Oporto (Sé) se impone en la parte alta de la ciudad. Su aspecto de fortaleza es especialmente sobrecogedor bajo el cielo plomizo. El claustro, decorado con azulejos del siglo XVIII, es un remanso de silencio donde la piedra fría y el azul de la cerámica narran escenas religiosas y bucólicas.

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Los azulejos son la marca de identidad de Oporto. No importa que el día sea gris; el azul vibrante de las fachadas de la Iglesia de Carmo o de la Capilla de las Almas aporta el color que le falta al cielo. Estas paredes cerámicas parecen iluminar las calles con su luz propia.

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Sus tranvías de madera son cápsulas del tiempo que recorren las cuestas de la ciudad. Subir a la Línea 1, que bordea el río hasta Foz, es un viaje sensorial. El sonido del metal sobre los raíles y el traqueteo constante nos transportan a principios del siglo XX, protegiéndonos del frío tras sus ventanales de madera.

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Oporto en invierno es una ciudad que no necesita del sol radiante para brillar, pues su belleza reside en su decadencia elegante, en su historia grabada en cada sillar de granito y en la hospitalidad de su gente que siempre tiene una sonrisa y un plato caliente que ofrecer.

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