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Los miradores de Oporto, como el de la Victoria o el de Santa Catarina, adquieren un matiz nostálgico. Sin las multitudes del verano, es posible encontrar un banco solitario para admirar la ciudad. El aire frío limpia el horizonte, permitiendo ver con claridad hasta la desembocadura del río.

La Catedral de Oporto (Sé) se impone en la parte alta de la ciudad. Su aspecto de fortaleza es especialmente sobrecogedor bajo el cielo plomizo. El claustro, decorado con azulejos del siglo XVIII, es un remanso de silencio donde la piedra fría y el azul de la cerámica narran escenas religiosas y bucólicas.

Los azulejos son la marca de identidad de Oporto. No importa que el día sea gris; el azul vibrante de las fachadas de la Iglesia de Carmo o de la Capilla de las Almas aporta el color que le falta al cielo. Estas paredes cerámicas parecen iluminar las calles con su luz propia.

Sus tranvías de madera son cápsulas del tiempo que recorren las cuestas de la ciudad. Subir a la Línea 1, que bordea el río hasta Foz, es un viaje sensorial. El sonido del metal sobre los raíles y el traqueteo constante nos transportan a principios del siglo XX, protegiéndonos del frío tras sus ventanales de madera.

Oporto en invierno es una ciudad que no necesita del sol radiante para brillar, pues su belleza reside en su decadencia elegante, en su historia grabada en cada sillar de granito y en la hospitalidad de su gente que siempre tiene una sonrisa y un plato caliente que ofrecer.

Visitar la ciudad en esta época permite descubrir la verdadera "Saudade". Es ese sentimiento portugués de melancolía dulce que se siente al ver el río perderse en la niebla, sabiendo que, aunque el invierno sea largo, Oporto siempre guardará un rincón cálido para quien sepa apreciarla.

La Torre de los Clérigos se alza como un faro de piedra en el centro histórico. Subir sus estrechos escalones en un día de invierno tiene su recompensa: una vista de 360 grados sobre un mar de tejados de terracota empapados. La torre parece vigilar la ciudad, desafiando a las tormentas que llegan desde el oeste.

Para combatir el frío, nada supera a los Pasteles de Nata recién horneados. Encontrar una pastelería artesanal, como la famosa Manteigaria, y recibir el dulce aún caliente es un rito obligatorio. El crujido de la masa hojaldrada y la suavidad de la crema, espolvoreada con canela, es el mejor combustible para seguir caminando.

Desde el muelle de Gaia y el distrito del vino la vista de Oporto iluminada al atardecer es insuperable. En invierno, el sol se pone temprano, tiñendo el cielo de tonos violáceos que se reflejan en el río. Es el momento ideal para capturar esa fotografía icónica donde las luces de la Ribeira comienzan a titilar en la penumbra.
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